HACER LO QUE NOS DÉ LA GANA
Durante mucho tiempo he observado cómo los alumnos acuden a las aulas con desgana y apatía. Cuando he charlado con ellos sobre cómo les gustaría que fuera la enseñanza, casi ninguno ha podido responderme, ya que no conciben que las cosas puedan hacerse de otra forma.
Las estructuras que perviven durante años son muy difíciles de modificar y se llegan a convertir en auténticas barreras a la hora de buscar alternativas o propuestas para hacer algo de manera diferente. Nuestra sociedad está concebida para que los alumnos pasen una media de 6 horas en los centros educativos. Esto permite que los padres puedan trabajar mientras los niños están en los colegios. Ante esta función de las escuelas, me planteo si no existen otras formas de conciliación para las familias, y si una jornada lectiva con seis clases seguidas es lo más adecuado para el desarrollo integral de nuestros chicos.
¿Por qué nos cuesta tanto imaginar una escuela ideal? Tal vez porque consideramos que hay demasiados factores que condicionan el cambio, por ejemplo, la estabilidad laboral de los docentes, la conciliación de la vida familiar y laboral, la pérdida de calidad en la educación...
Pero, ¿qué entendemos realmente por calidad educativa?
La calidad en la educación puede ser medida a través de muchos factores. Uno de ellos puede ser el nivel de satisfacción de la comunidad educativa. En este caso, alumnos, profesores y familias suelen manifestar una insatisfacción de base con el sistema. Este indicador nos permite reflexionar sobre la ruta que debemos elegir. ¿Sería posible una escuela que "fidelizara" a sus alumnos y generara deseos de asistir, formar parte, aportar? ¿Cómo podría ser, especialmente desde la perspectiva de la educación pública? Todos conocemos centros privados que ofrecen modelos educativos basados en la creatividad, el respeto, la autonomía, el desarrollo de las potencialidades de los alumnos, etc.
Los teóricos educativos actuales nos hablan de partir de los intereses y potencialidades de los alumnos y del desarrollo de las inteligencias múltiples en las aulas. Sin embargo, la estructura que tiene nuestro sistema educativo, especialmente en la etapa de Secundaria, está centrada en fragmentar el conocimiento en materias y en el cumplimiento de un currículo establecido por la Administración. Una solución por la que estamos apostando en los centros educativos es el Aprendizaje basado en proyectos, que nos permite abordar un problema o reto desde distintas disciplinas, mediante procesos de investigación y creación. Es una metodología que promueve el trabajo autónomo, favoreciendo la reflexión y la cooperación. Sin embargo, requiere de coordinación del profesorado, así como de tiempo para la preparación de material y actividades.
Otro problema con el que nos encontramos, es el alto número de alumnos por aula. Considero que la bajada de las ratios no conlleva necesariamente una inversión mayor en educación, sino una reestructuración del sistema que, como ya he comentado, resulta difícil de plantear.
Llegados a este punto me cuestiono ¿Cómo podemos bajar las ratios; conseguir que los alumnos trabajen partiendo de sus intereses; desarrollen sus inteligencias múltiples; y se sientan felices en el ámbito educativo?
A modo de alternativa ¿por qué no dividir la jornada escolar en dos partes? Una primera sería de formación en las aulas desarrollando distintas metodologías (proyectos, gamificación, aprendizaje basado en problemas, tareas...). En la segunda franja de la jornada, los alumnos podrían acudir a los talleres o proyectos que elijan (por ejemplo, durante un trimestre) Así, quienes tengan una inteligencia corporal-kinestésica podrían desarrollar el deporte o la danza; aquellos con una inteligencia matemática acudirían a talleres de ciencia, ingeniería, robótica; los que tuvieran una inteligencia musical, dedicarían su tiempo a componer, tocar instrumentos...; los que cuenten con inteligencia interpersonal, organizarían eventos, harían teatro...lo que les dé la gana,...y así, un sinfín de opciones que no cabrían en este artículo, ni en ninguna cabeza, ya que son infinitas, son las que ellos y nosotros querríamos. De hecho, seguro que muchas no están ni inventadas aún.
Creo que así seríamos más felices y tal vez, muchos talentos escondidos saldrían a la luz.
El unificar la franja horaria en tres o cuatro horas nos permitiría bajar la ratio a la mitad, ya que todo el profesorado se concentraría en la primera franja. Se trabajaría por ámbitos, con lo cual varios profesores podrían encargarse de un grupo y coordinarse para ello. Pero, ¿qué harían los profesores en el resto de la jornada? Coordinarían talleres y proyectos, de acuerdo con sus especialidades y también contarían con tiempo para la coordinación y preparación de material.
Como persona que apuesta por el cambio, sueño con un lugar en el que los alumnos y profesores se sientan felices y donde las familias participen porque sientan que tienen un lugar para ello.
No sé si será una locura, pero ahí lo dejo, por lo menos para darle vueltas y no conformarnos. Luchemos por una educación pública de calidad.



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